Desde el punto de vista
paisajístico no es posible establecer
unidades nítidamente delimitadas, pero
sí conjuntos territoriales singulares:
el área agrícola-urbana, en el
centro; en el Sur, las sierras de Linares y
San Ginés y, finalmente, en el extremo
Norte, Las Minillas, los Berrocales, parte de
Valama y los Pedregales.
El
área agrícola-urbana es
la más amplia y acoge, además
del conjunto de casas de la villa, un
tramo de la carretera Nacional 433, en
dirección a Portugal. A ambos lados
de la vía se sitúa un quebrado
espacio agrícola de terrazas y
bancales, que combina una agricultura
mixta de árboles, incluyendo el
castaño, tubérculos y hortalizas.
Al Sur de la carretera
destacan, entre otros, los pagos de Panduro,
Regajos, Agua Rubia, Cañejales, Fuente
del Pedro Charneca.
Al Norte de la misma
aparecen los lugares de Buenvino, Higuerales,
Huerta Alamos, Media Legua, Fuente del Cortiño,
Navarredonda, las Torneras y Los Garridos, donde
todavía aparecen buenas plantaciones
de vid.
Los vinos que producen
son considerados por la Unión Europea
como vinos de la tierra y el caldo es apreciado
como un producto totalmente ecológico.
El extremo meridional
del término es recorrido por las Sierras
de Linares y San Ginés, que contienen
las cotas más elevadas del término.
De Oeste a Este se suceden el Cerro y la Sierra
de Val de Silos, la sierra Agüilla, el
risco del Aguila y las Charnecas. Así,
en la Sierra de Linares se alcanzan los 892
metros de altitud.
Con la estructura de
Sierras al Sur y elevaciones al Norte, el espacio
agrícola-urbano se beneficia de la abundante
escorrentía de los arroyos Buen Vino,
Valdelama, El Membrillo, El Aliso y Fuente del
Pero. El agua brota y llega a la villa por fuentes,
y después, se aprovecha para el riego
de campos y huertas.
En conjunto, el paisaje
de los Marines, tanto natural como humano, presenta
una extraordinaria belleza, que avala su pertenencia
al Parque Natural Sierra de Aracena y Picos
de Aroche.
Entre los cerca de 900
metros de la Sierra de la Virgen al Sur y los
700 de los Altos del Palancar al Norte, se abre
un quebrado espacio de vocación agraria,
presidido por el núcleo urbano de Los
Marines. El agua que corre por sus tierras y
calles nutrió, en otras fechas, feraces
campos de cultivo.
Así, en la historia,
Los Marines tuvo la fortuna de nacer como tierra
prometida para austeras gentes venidas de Galicia.
Efectivamente, el poblamiento, acaecido en el
siglo XIV, fue realizado por hombres del valle
del Sil (Santiago y Santana, 1985), guiados
por los hermanos Marín, probablemente
de la ciudad del mismo nombre, en la que hoy
es provincia de Pontevedra.
De esta forma, la toponimia
contiene numerosos nombres de origen gallego,
tales como Balambas, Los Garridos, El Palero,
Valdelama, Las Torneras etc. (Recio Moya, R.,
1994).
Poco a poco, los caseríos
dispersos dieron lugar al poblado de Los Marines,
que en el siglo XVI tiene ya iglesia bajo la
protección de la Virgen de Gracia.
Los hombres de ganaban
el sustento con la práctica de actividades
agroganaderas, cazadoras y recolectoras.
Durante el siglo XVII, esta villa soportaba
la férula de Aracena. Seguramente, dado
el contexto de crisis, una lucha sorda por la
supervivencia impregnaría todos los aspectos
de la vida, y la atonía general se alargaría
por el siglo calamitoso. Sólo una noticia
viene a romper el silencio, en 1630 se incorpora
la Pila Bautismal que todavía aparece
en la iglesia parroquial.
En general, Los Marines
corrió la misma suerte de Aracena, donde
se concentraba las riquezas y los dueños
de la tierra, pero desde una posición
de estrechez, "porque el nivel de pobreza
aumenta desde Aracena hacia sus aldeas"
(Candau Chacón, 1988 ; 403).
Hasta mediados del siglo
XVII fue tierra de realengo del Consejo de Aracena
en el reino de Sevilla. Hacia 1640 pasa a jurisdicción
señorial, tras la donación hecha
por Felipe IV al Conde Duque de Olivares, don
Gaspar de Guzmán, para pagar los servicios
prestados en la batalla de Fuenterrabía.
Después de la
muerte del Conde Duque en 1645, el Señorío
pasa al Conde de Altamira y Marqués de
Astorga, que se intitula Príncipe de
Aracena hasta 1812.
El siglo XVIII, denominado
de las luces, va a ser testigo del afianzamiento
y consolidación de la villa. El licenciado
don Juan Simón Zapata Coronel, en su
Descripción etimológica y comprendió
del Principado de Aracena, incluye a Los Marines
como aldea, distante una legua de Aracena "en
el camino de la villa del Castaño, con
36 vecinos, que cogen algunas frutas y vinos,
y gran número de castañas".
Realmente
Los Marines empezaría a ser conocido
por su riqueza agrícola, en un
contexto comarcal no muy apto para la
misma, pero donde estaba habiendo una
cierta presión demográfica,
detectada en la expansión de olivos
e higuerales y en las propias Ordenanzas
Municipales, que "prestan encarecido
cuidado a las viñas, protegiéndolas
del ganado y de las manos del hombre"
(González Sánchez, 1988
).
A pesar del tímido
renacer, Los Marines era una de las aldeas
de Aracena más pobre, pues su parroquia
contaba con un presupuesto oscilante entre
los 200 y 300 reales anuales, frente,
por ejemplo, a la iglesia de La Asunción,
en Aracena, que contaba con 15.000 reales.
Sin embargo, la iglesia
contribuyó, de forma notoria, a la consolidación
y evolución del asentamiento, pues, como
consecuencia de unas "misiones cuaresmales",
predicadas por el misionero Joan Calbo, "la
aldea de Los Marines logró que Aracena
accediese a garantizar la presencia permanente
de la Eucaristía en el sagrario de su
iglesia... como agradecimiento el pueblo, el
31 de agosto de 1705 constituyó la Hermandad
Sacramental" (Mora Galiana, 1996). Esta,
además de las funciones religiosas, se
responsabilizó de la fiesta del chopo,
que se celebra desde hace más de 100
años en la víspera del Corpus
y data de tiempo inmemorial, estando ligada,
probablemente, a los primeros pobladores gallegos.
La continua descapitalización
y merma que la capital del Principado ejercía
sobre sus aldeas (Candau Chacón, 1988),
con vejaciones, gravámenes, molestias
del Corregidor, extorsiones de familias y bienes...,
animó a Los Marines a pedir continuamente
la independencia de Aracena.
Así, en 1753
se atrevieron a demandar a la Condesa de Altamira
permiso para rogar al rey Carlos III la gracia
de "exempción y liberación
de tantas opresiones" (Santiago y Santana,
1985).
Al fin, el 7 de Febrero
de 1768, el Rey concede el título y Privilegio
de Villa a Los Marines, eximiéndola de
la jurisdicción de Aracena. Sin embargo,
no fue una concesión gratuita, porque
sus 78 vecinos tuvieron que pagar 585.000 maravedís
de vellón, a razón de 7.500 por
cada vecino, para librarse del cerco de Aracena.
Pero la independencia no salvó a Los
Marines de las dificultades de subsistencia.
En continua lucha, con un medio pobre, no tenía
"bienes propios" con que sufragar
los servicios municipales o las penurias de
sus vecinos. Esta carencia fue satisfecha parcialmente
a partir de 1775, en que el Rey concede a Los
Marines una Real Provisión con 150 fanegas
en la dehesa de Propios de Aracena.
Estos bienes solucionaron
ocasionalmente la demanda alimentaria de los
vecinos, que recibían por sorteo "suertes"
tierras con que socorrer las precarias economías
agrícolas (A.M.M., 1787 ; Leg. 53). Parcialmente
solucionados los problemas del sustento, Los
Marines entra en el siglo XIX padeciendo dos
desastres : la guerra y la enfermedad.
La guerra de la Independencia,
que trajo la ocupación y saqueo del pueblo,
el 26 de mayo de 1810, por las tropas francesas,
causó enormes estragos, principalmente
en la iglesia, que vio arder sus archivos y
fue convertida en cuartel (Lasso, 1991).
Esta contienda debió
de suponer una merma importante para los bienes
de municipales, porque ya en 1811 se produce
un "remate de varios pedazos de la dehesa
de propios y suertes de postura de castaños"
(A.M.M., 1811 ; Leg. 54).
La enfermedad, compañera
diaria del Antiguo Régimen, estuvo presente
en los Marines en dos brotes epidémicos
de cólera morbo, que diezmaron la población.
Buscando alguna esperanza contra la peste, en
Los Marines se hizo la fiesta del Voto en honor
a la Virgen de Gracia, que se celebra el 8 de
septiembre.
Durante
el siglo XX, Los Marines transita entre
una lucha por la supervivencia y un avance
hacia la modernidad. Ello le supone una
importante sangría demográfica,
que no puede atajar una agricultura arcaica,
incapaz de mecanizarse y con fuertes trabas
comerciales en un contexto comarcal de retroceso
económico y poblacional.
Huertas y castañares no pueden mantener
a una población que, aunque crece a ritmo
muy lento, tiene unos estrechos límites
municipales. Muy pronto se observa que la capacidad
de sustento de tan menguado término sólo
da para unas 500 personas. Desde principios
de siglo, la población empieza a emigrar,
primero al espacio próximo de las Minas
de Riotinto y Sevilla, y después a otros
más alejados.
El sigiloso y frío
"cuchillo del hambre" entró
en cada familia de Los Marines. La agravada
situación económica intensificó
los problemas sociales (Lasso, 1991), allí
donde no había nada que repartir, porque
la tierra, fuente de vida, estaba excesivamente
fragmentada.
Así en 1959,
abiertas las puertas, tras la etapa autárquica
que vive el país después de la
guerra civil, Los Marines no sabe ni puede retener
a sus gentes, y pierde casi el 50 por 100 de
su población.
Sin embargo, la esperanza
se abre, quizás por los que se quedaron,
quizás por los que volvieron, tal por
los que nunca estuvieron y ahora están.
Quizás por la exótica pareja inglesa
Chersterton que, desde la finca Buen Vino, apuesta
por el turismo de calidad. Los Marines, un paraíso
de la Sierra por descubrir, tiene ante sí
el duro reto de continuar la historia.
La
romería de la virgen de Gracia
inicia el ciclo festivo: el último
domingo de mayo se celebran con devoción
los cultos, que incluyen una ofrenda en
cada uno de los tres barrios y el traslado
de la imagen a hombros hasta una ermita
erigida recientemente a dos kilómetros
de pueblo en dirección Cortelazor.
La fiesta del
Chopo consiste en la plantación
de un gran árbol de esta especie
en la Plaza de Carlos III en las vísperas
del Hábeas, que será quemado
en San Juan con motivo de las denominadas
"candelas sanjuaneras".
El día festivo más cercano
al 8 de septiembre se celebra la fiesta
del Voto, este día se hacen promesas
en agradecimiento por la erradicación
de la epidemia del cólera que invadió
a esta población. y el 7 de diciembre
es la fiesta de las Candelas, en la que
se queman haces de romero en la Plaza
de Carlos III.
Respecto a las especialidades
gastronómicas, éstas son comunes
a las observadas en otros pueblos de la Sierra.
Los productos en los que están basadas
son los derivados del cerdo.
Las actividades artesanales
tienen en Juan José Tristancho a su artífice
más destacado. Confecciona cestas y canastos
con varas de olivos.
El conjunto urbano integrado
en el medio natural, fue de belleza extrema,
hasta tal punto que las calles Fuente,
Real, Gobernador Broquetas y su prolongación,
Juan Sánchez, Barrio Alto y calle
Nueva fue incoado por la Dirección
General de Bellas Artes, Archivos y Bibliotecas
como Conjunto Histórico Artístico
(B.O.E. 1.983).
Iglesia
de Nuestra Señora de Gracia.
Se trata
de un templo de cruz latina y una sola
nave. La sencilla construcción
religiosa preside gran parte de la vida
de Los Marines desde el siglo XVI. En
su interior acoge la imagen de la Patrona,
Pila Bautismal de 1.630 y el Estandarte
de la Divina Pastora, pintado por Miguel
Alonso de Tovar.
Se puede acceder en
horario de culto o solicitando la llave en la
tienda de comestibles vecina.
El
Lavadero.
El
agua corre por Los Marines dando utilidades
y alimentando cuatro fuentes públicas
y un lavadero. Aquí, el encanto
de las aguas cristalinas, tamizado por
la luz de la cal, arrulla los sueños
de los niños pobres, mientras sus
madres golpean la ropa.
El
agua en las fuentes de Los Marines fluye
sin prisas, brindando al viajero y al caminante
la fortuna de saborear, además de
un soberbio medio natural, un conjunto artístico
y humano de primera calidad.